ENTREVISTA A

WILLY BARRENO

MIGRACIONES INTERNAS Y EXTERNAS

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Por Rafael Jon-fai Yon Bobadilla

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Cuando volví (...) El neoliberalismo, los tratados de libre comercio y el colapso de la agricultura campesina habían hecho de Xela una ciudad habitada por muchas familias migrantes internas, pero ahora con su propio McDonald´s

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Un maestro del tiempo

Hace algunos años allá por el 2016, conocí a Willy Barreno en Quetzaltenango, su lugar de origen. Me encontraba buscando, como es común en el oficio de un necio: respuestas, preguntas y caminos nuevos. Hoy puedo decir que de esa búsqueda lo que menos encontré como respuestas fueron certezas, sino más bien encontré provocaciones en forma de veredas reverdecidas. Pocas veces me había sentido tan sacudido e interpelado por una historia personal, la cual entendí tiempo después, no era la historia de uno, sino la historia de un pueblo, la historia de un viaje, de muchos viajes.

Su experiencia lo ha llevado a vivir en las selvas volcánicas de la Bocacosta guatemalteca, en residenciales cerca del desierto de Nuevo México y en apartamentos en la Ciudad de Nueva York. En estos recorridos su memoria fue habitada por el hambre de la montaña, por la violencia de las fincas y de los gobiernos militares. Pero también fue performada su conciencia por el viaje largo hacia el norte y por el exilio de su curiosidad, cobijada por el calor de las diásporas.

No me atrevo a ponerle una sola etiqueta a Willy, por la diversidad de sus migraciones internas y externas, pero en principio y en sus palabras, “una persona del barrio, del mercado, alguien dijeran: común y corriente. De palabras simples y experiencias reales”. Después de la persona sencilla, encontramos al militante y luego al migrante. Al conocerlo mejor, nos topamos con su identidad predilecta, la de lavaplatos y cocinero. Un poco más y nos encontramos frente a un maestro del tiempo.

Después de más de una década fuera del país, Willy vive hoy en un barrio de Quetzaltenango con su esposa Ixkik Poz y sus seis gatos. Ambos se dedican a estudiar esa niebla que no les permitió por muchos años conocer y nombrar su propia historia. Esa niebla ha resultado ser un telar enredado, que se han dispuesto a nombrar como Tiempo. Su búsqueda consiste hoy en el desmarañamiento de ese telar-tiempo, no solo para leer lo antiguo, sino también para contribuir con nuevos hilos vivos.

Memoria curiosa y rebelde

Antes de profundizar en la historia de Willy, me gustaría apuntar, que tanto su existencia como la nuestra, se da en un mundo moderno/colonial/capitalista que sigue sosteniéndose en ideas y paradigmas occidentales de pretensión universal, en donde el individuo (hombre, blanco, urbano, cristiano, acomodado, estudiado, heterosexual) se encuentra al centro y arriba de todos los sistemas vivos, no solo como protagonista, sino como dueño y verdugo. En uno de los centros de este mundo, Guatemala existe como una ficción nacional más, como enclave al fin de ese proyecto de civilización.

“Para sobrevivir en este mundo lo primero es tener memoria, saber de dónde es uno”, pero sobretodo memoria emocional. “Reconocer el sentido de frustración y de derrota que hemos heredado como pueblos colonizados. (…) El sistema está diseñado para hacernos sentir como perdedores y yo acepté eso desde un principio: ‘soy un perdedor’, pero entendiendo que ser perdedor no significaba estar derrotado”, porque el éxito es un peligro en un sistema que busca que te ‘ganes la vida’ y la felicidad un espacio desde el cual se puede resistir la conquista, completa y definitiva.

Por otro lado, para sobrevivir es indispensable sospechar de la historia, y esto aplica a la historia de la guerra en Guatemala:

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Mi experiencia más importante en la montaña no fue la del combate, sino la experiencia pedagógica nacida en la propia convivencia de los frentes guerrilleros, aquella que se daba alrededor del fuego entre poblaciones campesinas explotadas, perseguidas, masacradas (...)

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Ante tanta crudeza, el camino decidido fue el de dudar de todo, tanto de la guerra como de la paz.

“En 1996 los Acuerdos de Paz significaron una rendición negociada (…) Quizá lo único que podemos rescatar es la idea de la multiculturalidad, la cual dio cierta base para el reconocimiento actual de la diversidad cultural, lingüística y cosmológica”, aunque las estructuras del racismo hoy continúan casi intactas. Por otro lado, “los acuerdos de fondo vinculados a lo económico y a los temas agrarios nunca se cumplieron”. Hoy el resultado es una economía cada vez más dependiente y globalizada.

La primera gran provocación de Willy es entonces que, para sobrevivir en este mundo se requiere de una memoria curiosa y rebelde, en constante duda de las certezas con las que se construyen muros y de las verdades con las que se fabrican armas. “Hoy ya no es viable una lucha militar armada en contra de los gobiernos o de los países imperiales. Hoy requerimos otro tipo de revolución, una más vinculada a la autonomía de nuestra cotidianidad y su reconexión con el movimiento de los pueblos y los astros.”

Búsqueda, identidad y solidaridad

La experiencia migratoria de Willy al corazón del mundo moderno/colonial/capitalista representa una vivencia clave, la cual le permitió desatar grandes nudos de su propia historia. “Cuando hablo de mi llegada a EEUU siempre busco relacionarla con experiencias de mi niñez (…) Mi primer almuerzo en Estados Unidos fue Kentucky Fried Chicken, yo lo busqué porque quería saber si era mejor que Pollo Campero. Me decepcioné del sabor porque yo crecí creyendo que Campero era lo nuestro”; el sabor como referente cultural, pero también como prueba última de fidelidad nacional.

La segregación racial y de clase convierten la experiencia de la identidad de un migrante en un espejo roto, en el cual no es posible verse y nombrarse porque “son otras las perspectivas y relaciones de poder que determinan quién sos”. Los estereotipos como la latinidad, la mexicanidad, la chicanidad, etc., se imponen violentamente frente a la diversidad de expresiones culturales e idiomáticas migrantes. “Estados Unidos es un país complejo, no es como lo vemos en la televisión”.

Hablar de solidaridad entre migrantes es una cuestión muy compleja ya que “la segregación no es solo entre gringos y migrantes, sino también entre éstos mismos. Ahí sí te tenés que hacer mierda unos con otros para tener los mejores trabajos”. No es fácil hacer amistades o alianzas entre personas en condiciones de opresión, “no es lo mismo ser un obrero afroamericano que un lavaplatos de Totonicapán. A veces era más fácil hacer vínculos con personas blancas de organizaciones aliadas”.

Estas experiencias de desarraigo, junto al hecho de ser cuerpo y testigo de las peores injusticias y desigualdades que implican ser una persona migrante racializada y explotada en el centro de las megaciudades del país más poderoso del mundo, fueron provocaciones fundamentales para Willy.

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Durante el mismo tiempo que le lavaba los baños a los gringos, pude conocer m{as sobre las figuras de Martin Luther King y de Malcom X (...) En ese momento no sabía quá hacía en Estado Unidos, pero hoy, al ver hacia atrás me queda bien claro. 

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Abandonar las ciudades

Una de las experiencias más fuertes, humana, social y culturalmente para las personas migrantes es la vida en las ciudades. A diferencia de ciudades como Guatemala o Quetzaltenango, nos referimos en este caso a grandes ciudades como Houston, Chicago o Nueva York, en donde habitan millones de personas de diferentes procedencias y en dónde las poblaciones migrantes se enfrentan constantemente a diferentes formas de violencia, segregación y discriminación.

“Cada vez que alguien me dice ‘Houston’, yo siento olor a petróleo (…) Era muy evidente como estaba segregada la ciudad, al sur donde se encuentran todas las refinerías vivíamos muchas de las poblaciones migrantes. Yo venía desde Santa Fe, una ciudad pequeña del desierto de Nuevo México con un aire más puro. En Houston en cambio, la gente ya estaba acostumbrada al olor”. Paisajes y olores que definen vivencias periféricas, vivencias que son cuerpos sosteniendo el movimiento de la sociedad capitalista.

“En Chicago fue diferente, siempre había querido vivir allí por tener una de las comunidades guatemalteca más grande de EEUU”. Estas relaciones diaspóricas comunitarias se expresan tanto en la existencia de espacios culturales, en el comercio nostálgico, así como en la formación de organizaciones de exiliados y de movimientos pro-migrantes a finales de los 90s. “Algunas de estas se enfocaron más en lo cultural y en la defensa de derechos, otras más en la proyección de negocios”.

“Yo pertenecí a varias de estas agrupaciones haciendo conexiones con comunidades y cooperativas de Guatemala para la comercialización de sus productos en EEUU, pero finalmente fui expulsado de los movimientos por diferencias de visión. (…) Fue un momento difícil para mí, pero muy creativo, porque pude encontrar un camino propio. Es justo en ese momento que grabamos ‘Documigrante’[1], un documental para hablar sobre las comunidades migrantes guatemaltecas allá”.

Fragmento de Documigrante (2013). Disponible en Youtube. 

En el año 2006, ya con todas estas ideas, experiencias y conexiones, Willy retorna voluntariamente a Guatemala. “Cuando volví, Xela (Quetzaltenango) ya no era una ciudad tan pequeña. El neoliberalismo, los tratados de libre comercio y el colapso de la agricultura campesina habían hecho de Xela una ciudad habitada por muchas familias migrantes internas, pero ahora con su propio McDonald’s. Hoy Xela es una ciudad cada vez más gentrificada, diseñada para un público extranjero”.

“Hace cientos de años las grandes ciudades mayas colapsaron, y en respuesta se crearon asentamientos más pequeños en el período que conocemos como Posclásico. De igual manera hoy está pasando lo mismo, en el futuro próximo la tendencia será similar, tendremos que abandonar las ciudades”.

Cultivar las luchas propias

Luego de retornar a Guatemala, Willy estuvo alternando su lugar de residencia entre Quetzaltenango y Nueva York, en períodos de seis meses por varios años. En este período conoce a Karen del Águila, con quién fundan DESGUA[2] en el 2008, buscando trabajar en el tema migratorio “pero no con activistas ni intermediarios, sino directamente con la gente de las comunidades, con los meros del barrio.” Como resultado de un proceso de cuestionamiento de los modelos convencionales de organización, es difícil definir esta propuesta organizativa, ya que busca ser todo lo contrario. “(En tono de broma pero en serio) En realidad las siglas de DESGUA significan: Desorganizando Guatemala”.

“DESGUA es como una terminal, en donde pasa y se queda gente por un tiempo, aporta, construye relaciones y proyectos, pero siempre de manera vinculada a las comunidades migrantes y retornadas.” Así el caso, entre muchos, de la comunidad de ex-combatientes de Santa Anita, La Unión[3] en Colomba Costa Cuca, con quién Willy estableció una relación en sus años en la montaña y que hoy mantiene a través de proyectos de ecoturismo y comercio justo[4]. “Mi idea era volver a Guatemala y conectar con mis raíces a través de enseñarles a las comunidades todo lo que yo había aprendido en EEUU”.

En estos mismos años nace ‘Café Red’ en Xela, que luego se conoce como ‘La Red (Kat)’[5], inspirado en el espacio ‘Tierra Adentro’ de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas y su conexión con los Caracoles Zapatistas. Una propuesta gastronómica, cultural y política en el centro histórico de Quetzaltenango, con el fin de formar en cocina y emplear a población retornada o en riesgo de migración, utilizando productos producidos por las comunidades que formaban parte de DESGUA y de otras redes amigas.

Sostener estos esfuerzos, como el centro cultural y las redes comunitarias, ha sido todo un desafío. Hoy cuando se habla de migraciones, se habla cada vez menos desde la perspectiva de sus derechos sociales y culturales, y cada vez más desde el enfoque de gestión económica y empresarial (economía de remesas, políticas financieras, industrias nostálgicas, emprendimientos sociales, etc.).

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Hoy a las personas migrantes ya no se les valora por se sujetos de derecho, sino por ser objetos de inversión.

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Para una organización como DESGUA ha sido doblemente difícil, ya que además de tener que enfrentar a los grandes actores nacionales y transnacionales como la agroindustria, las cadenas de alimentos, los bancos, las remesatarias, los grupos empresariales y sus operadores políticos, deben también resistir a la inercia de las ONGs y de la cooperación internacional, que también buscan instrumentalizar a las personas y poblaciones migrantes a favor de sus agendas.

Sin embargo, para Willy y para quiénes acompañan sus procesos, el sostén emocional y espiritual de sus luchas “no reside finalmente en la figura de las organizaciones, ni en las agendas de trabajo, ni en los indicadores de éxito”, sino finalmente en el proceso profundo de reconexión con la historia negada y en la reprogramación de la memoria a través del despertar de conversaciones dormidas. Los vínculos con la ancestralidad expresados en los rituales del movimiento y del fuego, grabados en la voz de las abuelas y de las montañas, es lo que finalmente mantiene vivos sus sueños, luchas y proyectos.

Descolonizando el tiempo

Uno de los rasgos fundamentales de la modernidad colonial capitalista es la forma cómo ésta ha alterado el tiempo social y ecológico en todo el planeta: la vida en las ciudades, la comida rápida, la tecnología armamentista, la comunicación digital, la alteración del clima, la desintegración del plástico, por mencionar algunos. Incluso más allá de sus manifestaciones materiales, nuestra valorización e internalización subjetiva del tiempo se encuentran afectadas y determinadas por las lógicas monetarias y productivas, más que por su correspondencia con los ritmos cósmicos vitales.

Actualmente vivimos bajo una dictadura de la temporalidad moderno-capitalista, la cual no solo determina nuestra vida física, sino también nuestro relacionamiento con el mundo y la historia. “La revolución industrial determinó mucho del actual modelo de segmentación del tiempo, la invención de la hora, minuto y segundo. Desde esta comprensión del tiempo histórico se fundan las grandes tradiciones económicas y políticas del liberalismo, para el alcance del progreso y el control de la tierra. En el caso de Guatemala, Justo Rufino Barrios y los liberales de finales del S.XIX lo tenía bien claro”.

De esta manera, al igual que muchos otros países de Latinoamérica, para Guatemala el progresismo ha significado históricamente la expresión de una sociedad, altamente diversa en potenciales de bienestar, pero dependiente finalmente de ritmos y ciclos extractivos globales. En este escenario, tanto gobiernos coloniales, como militares y civiles han estado a cargo de asegurar y de gestionar la velocidad con la cuál esos recursos son extraídos, transportados y exportados, ya sea a través de la represión y el trabajo forzado, de la construcción infraestructura, del desarrollo de megaproyectos extractivos, etc.

Pareciera entonces que existe la necesidad de desacelerar, o en otra dimensión de términos, de desatar, de descarrilar, de descapitalizar, de desmodernizar, de descolonizar el tiempo. Y uso este último término para referirme a la propuesta de Willy y su comunidad de saberes, quién hoy también se identifica como contador de los días y guardián de las cuentas largas del tiempo. Su trabajo con el Cholq’ij K’iche’ de Tierras Altas asegura la continuidad de una tradición antigua, que si prestamos atención, pareciera tener mejores preguntas civilizatorias que la filosofías occidental.

Su experiencia en diferentes espacios y temporalidades le ha permitido comprender esta trampa del tiempo moderno-capitalista de manera excepcional, además de lograr una proyección pedagógica con diferentes personas y comunidades. La propuesta sobre la descolonización del tiempo ha sido madurada alrededor del proceso de formación comunal de la Escuela Ki'kotemal[6], en el cual participa Willy e Ixkik junto a muchas otras personas de diversas localidades, edades, profesiones y cosmovisiones, buscando desafiar las formas occidentales de construcción de conocimiento.

La descolonización implica finalmente el reencuentro con las identidades, las memorias y las temporalidades negadas, en este caso la de los pueblos mayas. Sin dejar de considerar la conexión con las generaciones jóvenes a través de su formación histórica, lingüística y cosmológica tanto presencial, como digital. “Descolonizar no significa que voy a regresar a vivir a una cueva. La crítica al progresismo no significa que no pueda usar lo mejor de la tecnología para trabajar en mis luchas”.

De esta manera, se plantea que el primer paso para iniciar este camino es el reconocimiento de los ciclos temporales ‘otros’, camino que es en realidad el de la propia y común identidad, donde tiene lugar el reconocimiento auténtico de nuestra existencia diversa en el mundo concreto. Es decir, aceptar la posibilidad de la existencia de múltiples formas de contar y concebir el tiempo, para caer en cuenta que en realidad no nos debemos al dinero o al consumo, sino finalmente al ritmo de los cerros y de los bosques, de los ríos y de los cuerpos celestes.

Provocar el futuro

El mundo está cambiando cada vez de manera más acelerada, el ruido de la información será cada vez más insoportable y así de profundo será también el sueño de la ignorancia. En uno de tantos futuros probables, si no nos termina tragando la gran maquinaria extractiva o el mercado de los cuerpos, tendremos que abandonar las ciudades o en cambio atrincherarnos en éstas. Entonces quizá en ese momento se vuelva relevante, como ejercicio de sobrevivencia, recordar y rebuscar en las antiguas memorias silenciadas, descifrar los saberes encriptados en las cuentas largas de los días y las noches.

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Necesitamos astucia para vivir el momento presente, pero más que para sobrevivir, para prevalecer. Más que para anticiparnos al futuro, para provocarlo.

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¿Cómo anticiparnos a un futuro catastrófico? ¿Cómo prepararnos frente al agrietamiento del tiempo? Pensar en clave de descolonización implica finalmente cuestionar la concepción lineal de la historia. Replantear el pasado como tiempo muerto y el futuro como tiempo potencial; y pensarlos más bien como hilos entrelazados en una trenza. La existencia definitiva, lo que entendemos como tiempo presente es el eje de esa espiral. Desde esta ‘concepción otra’ del tiempo no se desplaza la idea del avance, sino más bien se plantea un cambio de ruta, un viraje crítico de intención y de dirección.

“Yo veo un futuro más pequeño y más conectado. Una ruta del futuro no dictada por las utopías liberales, sino por una inventiva de vocación ancestral.” La curiosidad y la creatividad como imperativos ético-políticos en la revitalización de una tradición de larga data, pero con el suficiente dinamismo e interconectividad, no para la destrucción de la Vida, sino para su sostenimiento y su trascendencia. Botar los monumentos del individualismo colonial, de la competitividad capitalista y del éxito moderno, y en su lugar construir portales anchos y profundos, que comuniquen los mundos antiguos con los nuevos, que permitan el florecimiento de nuestra larga y común conversación.

“Y por último, no olvidar la astucia, porque el mundo sigue habitado por dinosaurios y depredadores (...) Necesitamos astucia para vivir el momento presente, pero más que para sobrevivir, para prevalecer. Más que para anticiparnos al futuro, para provocarlo”.

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